6 sept 2005

Fernando Vallejo transmutado en Vermeer

¿Por qué las pinturas más recientes de Fernando Vallejo se tiñen de una grata contemporaneidad si se inmiscuyen de lleno en la sociedad holandesa de la segunda mitad del siglo XVII?

El enigmático cuadro Joven con pendiente de perla del pintor flamenco Johannes Vermeer de Delft (1632-1675) inspiró la novela La joven de la perla, de Tracy Chevalier (1999); una narración trasladada al cine por Peter Webber (Reino Unido - Luxemburgo, 2003). La película regresa ahora al lenguaje pictórico gracias al trabajo más reciente de Fernando Vallejo, quien cierra así un "círculo cultural", tal y como si de un ciclo de la naturaleza se tratara.

Pintura codificada

El cierre de este círculo por parte de Fernando Vallejo es, precisamente, uno de los factores claves que dotan a estas obras de una perspicaz postmodernidad, pues son fruto de la sociedad globalizada en la que vivimos, donde la información se recicla y revisa una y otra vez, bajo el tamiz de los nuevos hallazgos, descubrimientos históricos o avances tecnológicos.

De este modo, Vallejo crea una pintura sugestivamente codificada que –cual palimpsesto conceptual– arrastra, dentro de sí, una cita cinematográfica de una cita literaria de una pintura, y por tanto, un complejo conjunto de procesos referenciales (cada uno de ellos, con sus respectivos análisis e investigaciones, síntesis y recreaciones) hasta llegar a la paradójica contemplación "detenida" de la imagen "en movimiento" y su definitivo retorno al lenguaje pictórico.

La unión, en la pintura de Vallejo, de los dos elementos que la fundamentan (por un lado, la temática procedente del pasado, y por otro, la notable influencia del lenguaje cinematográfico actual) motiva una sutil pero patente ambigüedad. Una ambigüedad o lúdico equívoco –¿pintura antigua o contemporánea?– que remarca, de nuevo, su valor como obra plenamente postmoderna. 

Y si fue al ver la cinta de Webber cuando Vallejo sintió la necesidad de detener sus imágenes, la película se convirtió, después, en una herramienta de trabajo, un sustento de documentación básico y un nuevo pretexto para ampliar las fronteras de su propio imaginario pictórico. Todo estaba listo para empezar; incluso, los modelos –gracias a la fotografía de Eduardo Serra– se disponían a posar; especialmente, la actriz Scarlett Johansson, encarnando a la joven Griet, y, en menos ocasiones, Colin Firth (en el papel de Johannes Vermeer).
           
La joven de la perla sin la perla

La joven de la perla sin la perla abre los postigos de las ventanas del estudio de Vermeer antes de limpiarlo, contempla absorta un cuadro que nosotros no vemos, echa agua hirviendo a un barreño para lavar la ropa, restriega el escalón de la entrada, se recoge en sí misma y reza o se lamenta de alguna pena del día, se traslada en una barca para hacer un recado, averigua cuál es el verdadero color de las nubes...

La joven de la perla sin la perla, con el lóbulo de la oreja recién perforado (señal erótica de una alegórica desfloración), permanece inmóvil, mientras su admirado maestro le coloca el zarcillo, apunto de inmortalizarla en el cuadro que la convertirá en la Joven con pendiente de perla. 

Cada vez más fascinado por esta enigmática figura y por el ambiente que la rodea, Vallejo se transmuta en Vermeer para retratarla, pero no en un sólo cuadro, sino en más de cuarenta y un óleos y quince acuarelas, donde las miradas focalizan la atención principal. Miradas observadoras queriendo comprender. Miradas abatidas ante la opresión. Miradas desconcertadas en situaciones nuevas. Miradas abstraídas volcadas hacia sí.
           
Retratos de interiores en interiores

En su intento de atrapar las emociones más íntimas, Vallejo va desvelando el particular cosmos en el que la muchacha está inmersa: un mundo de contención, humildad, discreción, silenciosos secretos, emociones privadas y, por supuesto, duro trabajo doméstico.

La "interioridad" que desprende cada gesto de la sirvienta queda reforzada por los "interiores" donde suele encontrarse, a menudo, ambientes terrosos en penumbra, iluminados por el destello de unas velas o de un pequeño farol o, en menos ocasiones, espacios algo más diáfanos situados próximos a emplomadas cristaleras. Además, Vallejo no duda en incluir determinados fondos neutros y sombríos para simplificar sus composiciones, mientras dirige su atención a los rincones menos ostentosos de la casa y se aleja de las típicas habitaciones burguesas –rebosantes de cuadros, mapas, lujosas lámparas y cortinas– tan abundantes en las pinturas barrocas de la época que interpreta.
           
Un realismo narrativo

Aunque es obvio que Fernando Vallejo ha cambiado, radicalmente, de temática y concepto con respecto a su última exposición (en la Sala Conca, en septiembre de 2004), este artista sigue sumergido en un estilo realista desprendido y narrativo. Y si, en una de sus anteriores series, deleitó al público con una crónica pintada sobre un viaje por el África negra, en esta ocasión su relato ha retrocedido, como ya hemos apuntado, hasta el siglo XVII holandés. Pero la narratividad de los trabajos más recientes de Vallejo no se manifiesta, únicamente, en el cosmos "sirvienta-Vermeer", sino, también, en otras muchas anécdotas y situaciones, como la de esos niños (hijos del pintor) que juegan en el patio delante de una ventana o tras ella, si el día es lluvioso, o en la reunión de los criados durante la cena. Escenas, tal vez, triviales, pero rociadas de una intensidad que jamás se torna frívola.
  
Una huella cinematográfica

A lo largo de esta particular serie, Vallejo va variando tanto la situación y el número de los personajes como los formatos, los encuadres y los planos. Así, el pintor elige el plano de detalle para cuatro de sus óleos, unos cuadros que permiten constatar que no ha mermado su interés por el estudio de las manos –ocupadas, en esta ocasión, en picar o pelar cebollas–, enlazando, directamente, con sus series Alegoría de los sentidos y Dinámica de atadura y liberación (expuestas junto a su serie sobre África, en 2004, en la Sala Conca).

Además, el artista tampoco ha perdido su especial predilección por la representación de telas y ropajes, aunque (igual que sucedía con los rincones interiores de las casas) elige los más sencillos, aquellos que lucen las criadas, frente a los más coloridos y llenos de estampados de las ciudadanas más adineradas del momento.

Mientras tanto, su mirada apunta hacia las manos y los brazos de la protagonista, que lava un utensilio de cocina sobre una barreño, en una de sus composiciones más atrevidas, donde el pintor suprime, sin ningún reparo, la cabeza y buena parte del cuerpo de la muchacha, creando un efecto, verdaderamente, sinecdótico y cinematográfico.

Esta huella cinematográfica no sólo se atisba en la variedad de planos y encuadres de las obras de Vallejo, sino también en el movimiento detenido de cada una de sus escenas, donde parece que los personajes van a empezar a moverse o cambiar el gesto, en cualquier momento, tal y como si hubiéramos pulsado, por unos instantes, la tecla de "pausa" en el transcurso de una película.

Sin embargo, con sus pinturas, Vallejo no intenta traspasar las fronteras que las limitan, sino, al contrario, sacar partido de estos límites que son, precisamente, los mismos que permiten su perenne presencia o trascendencia. Por eso, este dinamismo o movimiento estático tiene cabida en sus cuadros, como un elemento pictórico más que, en medio de todo el tratamiento físico, textural y táctil, fija la autonomía de este arte con respecto al cinematográfico.
             
Instantes privilegiados
           
Cuadro a cuadro, escena a escena, Vallejo rinde homenaje al mundo de Vermeer sin entregarnos los cuadros de Vermeer: sin necesidad de mimetizar su estilo, sin reinterpretar sus obras y, menos aún, sin imitar su técnica; pues, está claro que el pintor tinerfeño no mezcla los colores artesanalmente, ni emplea el lapislázuli, ni utiliza la cámara oscura. En cambio, Fernando Vallejo vuelve a transmutarse en Vermeer para convertir el transcurrir del tiempo en un instante privilegiado y regalarnos posibles momentos detenidos de la vida doméstica del pasado, una vida corriente capturada, en su mirada, como una vida profunda o como una trascendente y silenciosa manifestación de la individualidad del ser humano.

FUENTE BIBLIOGRÁFICA: MORALES JIMÉNEZ, ELENA.  "Fernando Vallejo transmutado en Vermeer". En Vallejo. CajaCanarias. Obra Social y Cultural. La Laguna, 2005.