2 jun. 2013

La nube que cegó a Nobes (relato)



Juan Nobes tomó conciencia, por primera vez, de la existencia de las nubes como algo maravilloso con tres años de edad, durante un largo periplo con sus padres, infatigables viajeros. Observándolas, casi vigilándolas, se le fueron pasando los segundos, los minutos y las horas del vuelo. Al verlo tan callado y sin quejarse, su madre le habló, en susurros, de ese reino extraordinario y amistoso donde habitan las nubes:

"Donde habitan las nubes todo es distinto. Mucho blanco y azul ultramar. Montañas de bolitas y llanuras levemente onduladas y, al fondo, cordilleras violetas. Donde habitan las nubes todo es distinto. No hay casas, ni edificios, sólo cúmulos esponjosos y aire frío. No está lejos el reino de las nubes. Basta subir a un avión y volar alto para poder contemplarlo. Allí, tras la ventanilla ovalada, las nubes te acompañan en un viaje infinito. Si te asedian, no te asustes, sólo intentan protegerte. Ellas te quieren tanto que te envuelven con abrazos níveos y te enturbian los ojos, y tú ya no ves sino niebla, materia gaseosa de nube. Por eso, es mejor que sigas ascendiendo: vuela más alto, vuela sobre ellas y nunca pretendas cogerlas... Ellas son libres, jamás se dejan pillar. Cuando crees que las tienes, te deslumbran con su candor diáfano y se escapan entre tus manos, tus dedos, tu boca, tu aliento o, incluso..., ¡tu estornudo! Pero, no temas, no hacen daño; sólo procuran abrigarte en tu viaje, colmarte de inocencia, para luego escaparse hacia otros lados..."

Cuando creció, Nobes quiso ser piloto aviador para estar incansablemente en el cielo. Estudió con ahínco; siempre mirando alto, muy alto; y, ya adulto, logró su sueño. Pero, ahora, mientras bombardeaba a un desdichado y calamitoso pueblo, se preguntaba, una y otra vez, por qué durante tanto tiempo había deseado llegar a ser el venerado piloto militar en el que se había convertido. Una columna de humo negro, convertida en negra nube, le devolvió a su mente aquel reino de su infancia donde todo es distinto, aquel reino que –por instantes– se enturbiaba y desaparecía. Allí estaba Nobes sumergido, por completo, en una guerra inútil. Allí estaba Nobes asustando, espantando, ahuyentando, estremeciendo, sobrecogiendo, aterrorizando... a sus queridas compañeras, a sus amadas, puras y lúcidas nubes, con esa malvada negra nube, que lo había cegado, esta sí, definitivamente.




Escritora, editora y 
profesora de escritura creativa