1 mar. 2011

Pinturas y dibujos de Mercedes Talavera de Paz: El pulso de la tierra en las redes del tiempo


                                      No existe nada que no cambie nunca, 
ni hay algo que desaparezca completamente y deje de existir.
 Así es como verdaderamente existen todas las cosas. 


Toshihide Numata 


Vivimos cada día de nuestra existencia con una actividad, a veces, frenética, deseando poder alargar las horas y los minutos, porque el tiempo corre y no podemos abarcar todo aquello que desearíamos. Y en nuestro empeño de ir solventando cada pequeño problema cotidiano, o en nuestro afán de tratar de superar nuevos retos y auto imposiciones, nos invade la sensación de que el mundo entero está cambiando velozmente por doquier. También nosotros estamos en constante transformación: nos basta un rápido vistazo al calendario o a alguna fotografía del ayer para afirmarnos como seres distintos a los que fuimos, y que jamás podremos vencer la batalla del tiempo. ¿O sí…? ¿Existe alguien que pueda domar al tiempo? 

Mercedes Talavera de Paz demostró ya hace años –a través de sus pinturas y dibujos- su capacidad para transcender los límites de lo efímero, mundanal y cotidiano para elevarse a una realidad superior. Una realidad donde el tiempo se confunde con el espacio y el espacio se fusiona con el tiempo; una realidad que no está marcada por el tic-tac de los segundos, y en la que no pasan los minutos ni las horas; una realidad donde el tiempo cobra una dimensión cíclica y se perpetúa en un eterno retorno. Pero también una realidad que recoge los retazos de existencias pasadas a través de la energía; pues tiempo, espacio, materia y energía son conceptos inseparables de la filosofía plástica de esta creadora. 

Magia = energía

La energía -entendida como magia o como poder que anima a los objetos inertes- se encuentra desparramada y escondida por todas partes, pero su presencia tal vez aumenta en aquellos lugares donde han existido siglos de culto, ya sea pagano o cristiano, o cerca de fenómenos naturales, como zonas de terremotos o territorios con volcanes activos. 

Mercedes Talavera de Paz, con la sensibilidad a flor de piel y los sentidos abiertos como espejos insondables, es de esas personas capaces de captar las vibraciones telúricas de la naturaleza, las palpitaciones psíquicas de las arquitecturas del pasado o de las piedras que forman parte de monumentos míticos, aún en su estado de vestigio o ruina. 

El mundo negro y sahariano, la cultura árabe o la civilización milenaria egipcia, así como las ciudades históricas de Roma, Venecia o Florencia, pero también países del exotismo de Tailandia han ido saciando a esta artista de sensaciones, que le han servido para afianzarse en su creencia en la energía como hilo que, no sólo permanece, sino que fluye y encadena todas cosas.

Escenarios atemporales 

Sus técnicas mixtas (acrílico y óleo sobre lienzo) y dibujos (creyones, grafito, tintas de color y nogalina sobre pergamino) surgen de la racionalización de esas sensaciones, mediante su traducción al lenguaje de la imagen. 

Para ello, la artista no sólo recurre a un arsenal de mitos y símbolos de múltiples religiones y tradiciones, sino que ubica sus tramas en escenarios atemporales, como esas arquitecturas medievales que desafían el paso de los siglos, esos monumentos construidos por el hombre piedra a piedra, material natural que connota estabilidad, durabilidad y que es símbolo de la inmortalidad, lo imperecedero y la indestructibilidad de la realidad suprema. 

Otras veces, Talavera de Paz prefiere el uso de fondos neutros y planos, y, en este sentido, llaman la atención aquellos que se recubren de la fuerza tanto visual como simbólica de un falso pan de oro, con lo que logra esa atmósfera platónica, celeste, que envuelve, por ejemplo, al doble retrato de su hija, Alba, en las fases de bebé y niña, con expresión feliz y protegida por la matriz materna. Estas finas laminillas fosforescentes adoptan, en otros cuadros, formas de mandalas y yantras hindúes, que invitan a la meditación. 

Un grafismo lineal a modo de red o trama presente en muchas de sus piezas alude a la energía que une todas las cosas, pero también al destino o al tiempo cíclico, que, una vez más, atrapa, oprime, sujeta, articula y enlaza a los seres entre sí o a los seres con su entorno. 

Y todo ello en composiciones de inspiración renacentista, dominadas por un espacio euclidiano y matemático, en el que reina el sentido numérico de la proporción y del equilibrio, así como la armonía cromática con un dominio de las tonalidades ocres y terrosas. 

Nacimientos y transformaciones 

A pesar de la belleza que rezuman sus obras, las situaciones que representa Mercedes Talavera de Paz no están exentas de tragedia. El componente dramático viene dado, normalmente, por sus personajes, siempre dependientes de su materia creadora, y siempre atrapados en las redes del tiempo. Son seres incipientes, en procesos de transformación, y por tanto, aún deformados, desmembrados o reducidos a algún fragmento de su cuerpo, como el brazo violín y el violín-niño de su serie Aeternitas pulsus, o el impactante dibujo Oculus, ojo transmutado en útero, que da la vida, literalmente, a una niña (“la niña de mis ojos”). 

Otro nacimiento sobrenatural es el protagonizado por una gárgola de piedra. Según el simbolismo primitivo, las piedras pueden proporcionar vida y las personas pueden convertirse en piedras sagradas. Tal vez, valiéndose de esta premisa, Talavera de Paz convierte a este monstruo grotesco (ahuyentador de las brujas, los demonios y otros espíritus del mal durante la edad media) en una madre luchadora, dando a luz a un bebé humano, mientras a su alrededor revolotean unas libélulas, que -junto con las mariposas tan presentes en otras de sus obras- aluden a la inmortalidad y la regeneración. 

Tampoco faltan en el universo creado por Mercedes Talavera de Paz hombres dioses que se permutan en astros o astros que se transforman en deidades antropomorfas. Y esta unión indisoluble del hombre con el cosmos se manifiesta claramente en su dibujo Saxorium pulsus, donde la artista presenta la creación de un seudo dios que porta en su mano una esfera-planeta, a partir de un hilo que pende de la estrella de nueve puntas (símbolo de los logros, la estabilidad y los cambios en nuestras vidas). Al tratar de caminar por sí mismo, el personaje -de aspecto primitivo- descubre que no es libre, pues su destino (en forma de hilos) está unido al nonagrama del que ha emergido y al que mira con cierto asombro y timidez. 

Fantasmas y espíritus

El pie, símbolo del camino que el hombre recorre paso a paso, es otro de los elementos clave de algunos de sus cuadros. La autora los representa descalzos en escenas en las que la inconsistencia de la vida y el poder de la naturaleza vienen encarnados por pequeñas florecillas, plantas que echan sus raíces y crecen en los lugares más inesperados, y que como los insectos (casi siempre libélulas o mariposas) contrastan con la monumentalidad de las arquitecturas, ya sean unas columnas, un puente románico sobre aguas terrosas y embarradas, o una bóveda de crucería gótica. 

En sus series Aeternitas pulsus y Saxorum pulsus, lo visceral y animal aflora en figuras zoomorfas y teratológicas. Además, los personajes -de cuerpos híbridos y expresiones angustiosas- pierden presencia física y se convierten en fantasmas, entelequias o espíritus que dialogan entre sí. Son las ánimas de los lugares enigmáticos donde habitan; estancias medievales en las que vuelven a destacar los insectos, en su debilidad física y fuerza simbólica. Así, un escarabajo -símbolo egipcio de la resurrección y de la imagen cíclica del sol que renace de sí mismo- cobra un papel fundamental (tanto semántica como compositivamente) en una de las escenas de Saxorum pulsus, y se constituye como el principal centro de atención de otro cuadro de la misma serie, en el que, como en la pintura egipcia, aparece representado con la bola del sol entre sus patas. 

Mercedes Talavera de Paz crea obras sumergidas en un particular realismo mágico, que, lejos de retomar los postulados de los artistas de post vanguardia del siglo XX, conecta con la pintura del cinquecento italiano. Su producción plástica, de rotunda coherencia y unidad y de corte universalista en su atemporalidad, refleja los miedos y ansiedades de la sociedad contemporánea. Temores y angustias que no son otros sino los de toda la historia de la humanidad, en su irrenunciable intento de domar el tiempo y atrapar lo intangible de las cosas, la magia que en ocasiones nos circunda y no comprendemos, el pulso semidormido de la tierra.  


FUENTE BIBLIOGRÁFICA: 

MORALES JIMÉNEZ, ELENA. "Pinturas y dibujos de Mercedes Talavera de Paz: El pulso de la Tierra en las redes del tiempo". En: Talavera de Paz. Semisomnius Pulsus. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Marzo de 2011